No sé si es debido a una mala época, en lo físico
y en lo anímico que estoy viviendo, que a buen seguro influye en mi forma de
ver el mundo, pero he perdido una ilusión. Uno de mis sueños era viajar a
Kenia, a la cuna del fondo, a la cuna de casi todo y entrenar duramente para
luego viajar a Boston e intentar de una vez por todas superar al mejor maratón
del mundo. Ya no quiero ir.
Consecuencia de la lectura del libro Correr con los keniatas de Adharanand
Finn, una suerte de El antropólogo inocente
en versión runner. A través de un estructurado relato y no sé si
intencionadamente, nos enseña la lucha despiadada por sobrevivir, en su
significado más crudo, de una población, que fruto de la casualidad del
destino, parte con las mejores condiciones para triunfar en el arte del correr.
Muchos llegan a Kenia en la busca del dorado, de
ese gen, de esa supuesta flexibilidad de los tobillos, de ese algo que explique
el porqué un porcentaje tan elevado de keniatas domina el fondo mundial. La
realidad, cruda otra vez, es mucho más fácil tal como lo explicita Renato
Cánova. La dureza sin paliativos de un estilo de vida desde bien jóvenes –las
10.000 horas de talento-, la altitud, la dieta baja en grasas y rica en
carbohidratos y proteínas de origen vegetal y una cultura asentada en la, casi
única, posibilidad de escapar de la miseria tras la profesionalización en los
ochenta de la ruta, es decir, el afán de triunfar, componen el coctel, que bien
agitado, nos ofrece la solución al dilema.
De todos modos, el libro se lee con fruición.
Capítulo a capítulo avanzamos en el conocimiento de la vida en Iten, el pequeño
pueblo de 4.000 habitantes donde un 25% de la población intenta sobrevivir e
incluso saltar a la clase media de atletas keniatas que les han precedido. Y es
ahí, entre anécdotas relevantes (del tipo buscar en el listín a un Kipsang, de
2h4’ y llamar a otro de solo…2h5’) donde comprobamos lo duro del viaje. Atletas
que pasan hambre, que viven en condiciones infrahumanas, me encogen el corazón
a sabiendas que solo unos pocos de ellos serán los elegidos, en el peor de los
casos quizás por pseudo-mafias de agentes occidentales de cuya cercana
existencia tenemos constancia.
Quizás mi admirado Marc Roig me corrija. No hay
peor visión, en ocasiones, que la que uno se forma bajo un estado de ánimo.
¡Saludos!


