I survived to Behòvia 2009

diumenge, 4 de maig del 2014

Boston Bill.

Será una de mis biblias


Acababa de despedir a mi amigo Jordi tras haber recorrido la inmensa y orgasmática feria del corredor del maratón de Boston del año del gran calor, de la edición del infierno del 2012. Apocalipsis Maya.

Volví a entrar en la misma para comprar y comprarme unos regalos y, libre de dar la brasa a nadie, recorrerla una y otra vez hasta morir. Me fotografié con Karnazes (bajito, mucho gasto en peluquería, él, que puede: ¡ultramechas!), observé el delirio merecido con los Hoyt y me llamó la atención el inicio de la formación de otra cola. Una hora antes, casi sin darme cuenta, me había saltado una gigantesca para fotografiarme con Desi Dávila (Linden de casada), una de mis maratonianas favoritas: con discurso, sentido del humor, esfuerzo, honestidad e identidad.


Elder Kelley


Así que esta vez decidí guardar las formas aún sin saber muy bien qué famoso/a estaría a unos 10 metros. Había pillado un buen sitio en la parrilla de salida. Y de repente era él, Bill Rodgers. En persona. En vivo y en directo. Habiéndome criado con las revistas norteamericanas de los setenta y ochenta de Runner’s World sabía qué representaba (pensaba que lo sabía) en este bendito mundo del correr. Así que nos hicimos una selfie cuando aún no se llamaban así, me firmó unas fotografías (¡que no sé dentro de qué libro están!) y me comentó, muy afablemente, sus luchas con Mariano Haro en el cross de las Naciones y que siendo yo mediterráneo estaría adaptado al calor que se anunciaba para el siguiente lunes. Ya te darán. Quizás otros detalles los haya contado ya por estos aquís y allís. 


Amby entre los Kelley


Vuelvo a Bill porqué acabo de leer su biografía, Marathon Man. Me ha impactado y puedo afirmar que debería ser un libro de lectura obligatoria para cualquiera, tenga la edad que tenga (47, un poner), que quiera descubrir y aprender el procedimiento para dar lo mejor de uno mismo. En una maratón y en la vida. Ya nos dijo Deena Kastor que uno afronta la vida como lo hace con un maratón. Y lo contrario sería engañarnos a nosotros mismos.


A finales de los sesenta EEUU era un hervidero social. La contracultura, la guerra del Vietnam…tiempos de cambio (para que todo quedara igual) en plena guerra fría. Bill, hijo de Massachusetts, había tenido una buena infancia, al aire libre, en los bosques frondosos del este norteamericano. Siempre se recuerda corriendo, jugando. El lado positivo de cierto paralelismo africano.
 




Salazar preparando el relevo de Bill


Tras un paso brillante y atlético por la secundaria, siguió entrenando en la universidad donde se produjo una de esas casualidades que nos pueden cambiar la vida, aunque tardemos años en darnos cuenta. Compartió habitación con Amby Burfoot y ahí enlazó invisiblemente con la tradición de ganadores del maratón de Boston de Nueva Inglaterra que cruza todo el siglo XX: Clarence de Mar, John “the Elder” Kelley, Young Johnny Kelley (sin parentesco), Amby Burfoot y el propio Bill quien pasó el relevo al mismo Alberto Salazar. Pero esto es regreso al futuro.


Duel in the sun.


Amby era un metódico estudiante que, huérfano de padre, había sido acogido por Younger Kelley (2 victorias en Boston) quien le traspasó el veneno del correr –eran tiempos duros, no era extraño que los conductores les insultaran- y en especial el de vencer en Boston. Estoicamente doblaba diariamente y los fines de semana realizaba tiradas de 40 quilómetros. Muchas veces Bill, quien ya por esa época había comenzado a sucumbir a la confusión de la noche, le acompañaba. Y aún sin saber nada de la leyenda que era el maratón de Boston aprendió inconscientemente que para luchar por semejante reto debía apostar al 100%. Debía ser atleta las 24h. Tenía talento para la larga distancia.

La vida transcurrió, Amby dejó la universidad e inició una vida plena y de éxitos (fundador de la revista Runner’s World) y Bill dejó de correr completamente para abrazar a la siempre sobrevalorada noche, el humo y el alcohol y cruzar las nieblas de la vida con su magnífica (eso sí lo añoro) Triumph. Al mismo tiempo, su radical posición contra la guerra de Vietnam le condujo a la objeción de conciencia y el pago fueron dos años de servicios sociales. Pero algo le decía que no era plenamente feliz (o que estaba completamente insatisfecho).


Clarence de Mar y las chicas de Wellesley


Un día, paseando con su moto, se encontró con gente esperando a los corredores del maratón. Aguardó, resacoso, y vio llegar a su antiguo amigo Amby quien acabó venciendo. Era la edición de 1968. Primer clic. 

4 años después Frank Shorter ganaba el oro olímpico en los trágicos JJOO de Munich y Bill lo veía en directo a través de la TV. Segundo clic. Volvió a correr. Poco a poco se fue reconstruyendo como atleta y al tiempo su volumen alcanzaba las 100 millas semanales haciéndose un nombre en las anónimas carreras de Nueva Inglaterra. Se cruzó con un genio, su entrenador Bill Squires, un adelantado a su tiempo, un visionario. Y comenzó la historia.

El libro es un hermoso flash back que fluye entre su maratón de Boston de 1975 y su vida anterior. Obviamente, mucho más de lo que cuento. 

Sus reflexiones coinciden con mis respuestas, las que he ido encontrando a mis preguntas a lo largo de mi vida. Habla de la felicidad del correr, de la conexión con la infancia, de la vida con una consciencia más libre. Y ante el tópico de la soledad del corredor de fondo defiende su potente vector emocional y colectivo, el de todo un grupo que prepara un maratón. Lo he vivido plenamente estos últimos años. Especialmente esta temporada.

Leo que ha cerrado hace poco su mítica tienda en Quincy Marquet en Boston. Un auténtico museo que atendía su hermano mayor. Os dejo aquí el post que le dediqué y brindo por una larga vida para Bill y por todo aquello que nos ofreció.

¡Saludos!

divendres, 2 de maig del 2014

Supercompensación. Super Training Blocks.

Caleb, el último Canovista so far


Sigo con mis entradas aleatorias en función del tiempo disponible, que es poco, para mi gusto. Otro artículo sobre entrenamiento publicado en Running Times, la Biblia runner, que considero interesantísimo y que me apetece mucho compartir. 

Y me marco como objetivo estival re-etiquetar todas mis entradas (¡100.000 visitas!) para poder ajuntar todas aquellas dedicadas a entrenamientos de forma más fácil.

En esencia, el entrenamiento por supercompensación es simple y radical. Tras meses de entrenamiento consistente, atacas y sobrepasas tus límites durante varias semanas con mucho más kilometraje, en volumen e intensidad. El objetivo es llevar al corredor más allá de su zona de confort en un proceso de adaptación al estrés, que te fortalece y te sitúa en un nuevo nivel.

Arte (en un sentido amplio)


Este tipo de entrenamiento, que tiene sus detractores –aquellos que defienden que, alcanzado un nivel óptimo de forma cardiovascular, es imposible mejorar- ha sido ejecutado con éxito y mismamente nuestro maestro venerado Renato Canova es un apóstol del mismo. Amén.

Modelos de supercompensación.

Aumentar la intensidad. Es un clásico con un riesgo mínimo. Tras meses de sólida base aeróbica insertar, 3 a 6 semanas antes de la carrera objetivo, bloques con entrenamientos de alta intensidad (para niveles de 90/100 kms/semana supondría añadir más calidad sumando más series a las habituales, un rodaje progresivo o un fartlek a la semana) para subir los límites aeróbicos-anaeróbicos (aunque los avances científicos demuestren que estos umbrales son muy flexibles). Un ejemplo, para un entrenamiento de media, sería: si estoy haciendo tempos de 6/7 kms a ritmo de carrera, sustituirlos por 2 x 5k o 2 x 6k al mismo ritmo recuperando un máximo de 90”. 

Aumentar el volumen. Riesgo moderado. La receta está en aumentar la fortaleza aeróbica. Para alguien que realice 90/100 kms/semana, incrementar el volumen entre un 15 y un 25% (115/130kms) una vez al mes con una semana posterior de recuperación. No obstante, si el cuerpo aguanta, mantener dicho volumen durante 6 semanas puede significar un pelotazo aeróbico digno de encomio.

Aumentar la densidad. Es decir, incrementar al mismo tiempo la intensidad y el volumen. Riesgo elevado pero si tu cuerpo lo admite la recompensa está asegurada. La clave del éxito estará en escuchar atentamente a nuestro cuerpo, re-adaptar los entrenamientos previstos si es necesario y no probarlo si no estamos bien preparados para ello (base). Para el nivel de quilómetros antes señalado, una semana de alto volumen y alta intensidad por ciclo de entrenamiento sería suficiente y siempre seguida de una semana de recuperación que nos permita asimilar el trabajo /y la salud).


Todo atleta entiende (y amará) esta foto de Meb


Y es que la recuperación de estos bloques de supercompensación, sea cual sea el modelo del mismo, será fundamental. De hecho es en el periodo de recuperación cuando ésta se manifiesta. En forma de easy running days y horas de dulces sueños suficientes.
Por cerrar el círculo, a más esfuerzo más fuel necesitamos. Por lo tanto deberemos también incrementar la ingesta de carbohidratos para tener el depósito de glucógeno lleno y optimizarla en las horas posteriores a los entrenamientos más duros. Paleo dietistas abstenerse de una cosa (supercompensación) o de la otra (proteínas como forma de vida).

¡Saludos!

PD: ¡y de regalo este descubrimiento!